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Hijo de la tierra

           1

Yo soy un hijo de la tierra,
habitante milenario de las favelas,
hermano de la lluvia que lacera mi cuerpo
y la hierba que florece en mi cerco.


Mordido por los dientes del hambre,
la leche un arroyo en sequía permanente,
negado un pasaje al futuro,
siempre en espera del pan que tarda,
¿cuando me sentaran en la mesa de la abundancia?


Imagino mi futuro lleno de colores
y emerge en blanco y negro mi pasado.
Ocupado en sobrevivir no hay  tiempo
para ponderar el misterio que soy
o admirar el crepúsculo y la estrella.


Mi carne es barata en los mercados,
Donde se compran cuerpos por una jornada.
compradores enjoyados rematan mi precio.
Después de todo mi cuerpo es del barro,
del barro que se lleva las lluvias.
Mi ojos gemas opacas, mi sudor
La sangre que afirma los morteros.


Al estallar la guerra me echan en camiones
como ganado para el matadero,
me dan un fusil cual pala maldita,
un puñal que siento como uña de hierro,
y me mandan a cercenar carnes ajenas.


Mi sudor esta en los morteros.
Mis manos construyen sueños ajenos.
Y, siendo el insecto que edifica,
la lombriz que orada en las minas,
¿cuando me sentaran en la mesa de la Abundancia?


               2

Camino a la fábrica paso junto a hombres de seda
adornando de importancia las veredas,
mujeres que perfuman el aire de la mañana,
mujeres de carne blanca e intocable.


Brevemente habito en el corazón
que me ve mendigando: con mi traje de lluvias
interrumpo en el salón dorado de sus sueños,
Y me estira su mano como una oración a medias.
Más hay tantos juguetes en sus cuartos interiores,
espejos en donde se admira el mundo,
que pronto me aparta la rosa o la estrella.

            3

Señor, baja de tus fábricas celestes,
ponte mis pantalones gastados,
la camisa usada mil veces,
tomas mis herramientas y ven conmigo
a caminar con los pies desnudos
por las calles que derriten las lluvias.
Bebe el vino de una fantasía que tengo
de tener cuatro muros para mi sustento.


Dime Señor, ¿Porque las lilas del campo
tienen sus rebanadas de luz,
sus copas de leche transparente,
y yo apenas tengo pan en la mesa?
¿Porque cada año un traje nuevo luce el árbol
y yo poseo un par de pantalones y zapatos
cual gran riqueza?


Mi boca es un oboe gastado
de repetir antiguos lamentos,
y tengo las manos heridas
de golpear las puertas de nácar del Cielo.





      El hombre perseguido


Me miro un día en el espejo
de caras que en la calle encuentro,
y otra ves siento, como sal en mi piel,
sus comentarios, sus críticas,
porque soy de color distinto,
o mi opinión desatina con el coro.


Entro al pueblo y me tiran los perros.
En los bares dicen: están ocupadas las sillas.
Resuelvo discutir con el Líder;
más escucho por dentro carcajadas
mientras me estira su mano de seda
y me promete su ley como espada.


Visito un monje que se desayuna
Obsequios de viuda. Escucha mi dilema,
me asegura un puesto en la mesa del cielo,
mientras veo a Satanás mofarse
tras la abertura de sus espejuelos.


Decido a establecer mi derecho
de ser también humano de carne y hueso;
más en el mercado niegan que existen
las frutas que tengo en las manos.
En el templo me juran que los muertos
ocupan los bancos vacíos.



No aguanto más.  Empaco mis maletas y me voy,
lejos de los pueblos con opiniones de hierro,
lejos, adonde no importa si soy de color distinto,
o mi opinión desatina con el coro. Después de todo
a los árboles, las flores, los pájaros
no les importan si soy amarillo, blanco o negro.


Encuentro al fin tal lugar. Prospero.
Me muero y me entierran junto a un estero
-los hombres serán un día transparentes como el agua-
Y a mi morada se agregan otras. Nace un pueblo.
Crece, sonoro, vital. Y un día aparezco de nuevo
por el camino aromado de limoneros.
Pero mi piel o mi opinión son distintas,
y me tiran piedras, me arrojan los perros.